“CUANDO SE APRENDA A CAMINAR CON TACONES”

0
357

Hace algunos días, me encontraba leyendo las noticias, bombardeada por información respecto del término “feminista”, a partir de una marcha recién realizada en la Ciudad de México. A mi parecer, los términos “machista” y “feminista” son tan similares que lo único que los distingue es quien los maneja: hombres o mujeres.

Escuchaba que la marcha fue una muestra de que las diferencias son parte de nuestra cotidianidad.

En este contexto, pensé en lo difícil que a muchos les resulta respetar las diferencias de los demás. Siendo que esa falta de respeto nos separa de nuestra propia familia esencial: la humana.

Inmersos en cada una de nuestras dimensiones (familiar, social, escolar, laboral, etc.) de pronto olvidamos que nos necesitamos los unos a los otros. No me refiero a usar a los demás para beneficio propio como si fueran objetos.

Si bien, a lo largo de nuestra historia las diferencias siempre han existido, en muchas ocasiones se ha tendido a estigmatizar a esos que son o somos diferentes; siendo que en realidad todos somos diferentes de todos en muchos aspectos, aunque idénticos en dignidad y derechos humanos.

Por ejemplo, en el ámbito laboral, muchas veces quienes actúan perjudicando a los demás por sus diferencias, también estigmatizan y tienen como intención no sólo dañar, sino procurar mantenerse en su zona de confort evitando que se les exija más (mejores resultados, más efectividad, más compromiso, etc.).

Platicaba sobre el tema con varios de mis alumnos de una prestigiada universidad. En medio de la charla reflexioné que ser intolerante ante las diferencias de los demás, en ocasiones, motiva conductas negativas como excluirlos, difamarlos, calumniarlos, discriminarlos o atacarlos.

Por qué comencé esta columna hablando de la marcha feminista. Soy mujer y como tal defiendo mi género; esto no significa señalar o culpar a los hombres por el simple hecho de ser hombres. Se trata de convivir y aceptar las diferencias que tenemos como seres humanos y verlas como algo que nos caracteriza y nos proporciona aprendizajes.

No concibo que el hecho de que una persona tenga poder sobre otras -en lo económico, laboral, etc.- sea justificación para anular o rechazar las diferencias de los demás por el simple hecho de ser eso: diferentes. Me parece inaceptable que entre mi propio género -el femenino- haya intolerancia de las diferencias, o inclusive la no aceptación de las similitudes y que, por tanto, a partir de ello sea la envidia y la falta de respeto a la diversidad el motivo para atacar a los demás. ¿Qué opinas de que una de las etiquetas sociales que se nos ha puesto por el sólo hecho de ser mujeres es la de “chismosas”? ¿Qué opinas de que se reste importancia a lo que nos sucede a las mujeres cuando entre nosotras tenemos algún desacuerdo, bajo el argumento de que “es un asunto entre viejas”?

¿Quién no ha sido víctima de abuso de poder? Las redes sociales dan cuenta de un sin fin de protestas; gente que exige ser escuchada. Es aquí donde el respeto a las personas y sus diferencias (de género, orientación sexual, origen étnico, opinión, ideología, raza, condición social y económica, religión, etc.) y la búsqueda de la solución pacífica de conflictos deben prevalecer, porque antes que todo somos seres humanos.

Cuando entendamos que el éxito de la convivencia y la coexistencia está basado en el respeto, entonces habremos aprendido a cohabitar en armonía este planeta con los demás humanos y, seguramente, con los demás seres vivos.

Para finalizar, me enfoco una vez más en el ámbito laboral. Ahí, el respeto es todo lo contrario a: gritarles a los subordinados; denostar su imagen; hablar mal de ellos a sus espaldas; abusar de poder en agravio de ellos; atribuirse logros que más bien les corresponden a ellos; caminar en la oficina haciendo sonar tacones -tratándose de una mujer superior jerárquica- para intimidarlos. El respeto consiste -en sentido metafórico- en saber caminar con tacones sin dañar el piso.

Cuando aprendamos eso, queridas y queridos lectores, podremos hablar, entonces sí, de una plena convivencia.

¡Quiérete! ¡Apapáchate!