“DICHOSA TU QUE HAS CREIDO PORQUE SE CUMPLIRÁ TODO LO QUE TE FUE ANUNCIADO POR PARTE DEL SEÑOR (LC 1, 42)”.

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1-. La cosa más ambicionada por el hombre es la felicidad. La felicidad es fruto de la fe en la presencia de Dios que irrumpe en nuestro mundo. Solo la fe nos permite ver a través de un velo la presencia radiante y luminosa de Dios. Solo en el cielo lo veremos cara a cara y encontraremos la felicidad plena de la visión beatifica. Cuando Él baja del cielo a la tierra, solo con la fe percibimos su presencia. La felicidad plena solo la encontraremos en el cielo donde esta Dios infinitamente amoroso y eterno. Aquí en la tierra, podemos encontrar algo de la felicidad en la medida que encontremos a Dios. Aquí en la tierra, el signo más claro de la presencia de Dios y de nuestra felicidad, es la paz del corazón. Pero esa paz del corazón es don del Espíritu Santo y también es fruto que se recoge de la siembra perseverante de la semilla. La paz del corazón es fruto de la acción del Espíritu Santo, pero también es fruto de nuestra acción y de nuestro trabajo.

2-. La paz es fruto del amor. Quien no ama no está en paz, porque tiene un vacío en su corazón. Quien no busca ser el bien a sus hermanos, quien solo vive para sí mismo y solo piensa en sí mismo, y solo se busca a sí mismo, tampoco sentirá paz en su corazón que está hecho para algo más, que el amor a sí mismo. Un corazón egoísta puede que no pierda el sueño ni lo asalten los remordimientos, pero en el fondo se siente inquieto, vacío e insatisfecho. Quien tiene un corazón abierto al amor de sus hermanos y de Dios, está en el camino de la paz. Una paz que solo Dios puede dar y que nadie se la puede quitar.

3-. La paz es fruto de la justicia. La justicia en sentido bíblico no es solo dar a cada uno lo que le corresponde, sino que también se refiere a la rectitud, honestidad, bondad y santidad de vida. Esa rectitud de vida asegura la tranquilidad de nuestra consciencia personal. Un corazón lleno de corrupción y mentira, no puede tener paz. Un corazón endurecido y embrutecido por la maldad, puede llegar a practicar el secuestro, la extorsión, el asesinato más brutal e inhumano. Un corazón así no puede tener paz. Estará siempre invadido por la zozobra, la tensión, el miedo, la angustia y la falta de paz.

4-. La paz es fruto de la autenticidad. Ser autentico es ser siempre el mismo, ser de una sola pieza; ser de una sola cara. No tener doble cara ni doble vida; no aparentar una cosa y ser otra. El que se divide pierde la paz. El que no es íntegro y no está alineado en sus pensamientos, sentimientos y acciones, no tiene paz, no hay equilibrio ni armonía en su interior; la zozobra lo domina, la inquietud lo sacude, la angustia lo invade.

5-. La paz es fruto del perdón. No hay seres humanos perfectos, todos tenemos fallos, pero si nos arrepentimos y acudimos a Jesús, Él nos perdona y nos devuelve la paz interior. Para eso padeció, murió y resucitó por nosotros, para alcanzarnos el perdón de nuestros pecados, reconciliarnos con Dios y devolvernos la paz del alma. Cuando nosotros recibimos una ofensa o un agravio, no es la venganza y ni siquiera el justo castigo y la justa condena, lo que nos trae la paz. Si no logramos perdonar, no lograremos la paz de nuestro corazón. Sin misericordia y perdón no hay paz en el corazón.

6-. La paz es una misión que nos toca a todos. Todos estamos llamados a ser sembradores de paz en este mundo. A todos nos corresponde construir la paz. Es necesario atacar de raíz el problema de la violencia, educando a las personas, rescatando los valores e infundiendo en las instituciones y en las personas, el valor de la moralidad, el valor de la ética, el valor de la legalidad. Si no reina el estado de derecho, no puede haber paz en el pueblo: “el respeto al derecho ajeno, es la paz”. Todo empieza en el corazón de cada hombre, cuando logramos la paz del corazón, estamos en condiciones de comprometernos por la paz del mundo. Un corazón pacifico es un corazón lleno de fe, de justicia, de amor y de misericordia. Solo un corazón pacifico irradia paz.