“¡DIOS ES AMOR!”

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1.- La Santísima Trinidad es Amor.

Queridos hermanos, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, la iglesia nos invita a contemplar el amor de Dios que fluye dentro de la Trinidad: el amor del Padre, a su Hijo en el Espíritu Santo. Este amor infinito entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es un efluvio tan intenso que san Juan llega a definir la esencia de Dios como Amor. “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Dios en su misterio más íntimo no es una soledad sino una familia y en la comunión de amor entre las tres divinas personas, nuestras familias tienen su origen, su modelo perfecto, su motivación más bella y su último destino. La familia es un reflejo de la Trinidad y de ella debe aprender a amar. La familia es uno de los valores más importantes y más queridos para nuestro pueblo, pero hoy día, necesita mirar a la Santísima Trinidad y aprender de la Palabra de Dios el camino del amor.

2.- ¿Cómo es este amor de Dios?

Es ante todo un amor misterioso e infinito que une entre sí a las Tres divinas Personas. Unidad en la diversidad. Es un amor gratuito: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16). Nosotros no tenemos que hacer nada para que Él nos ame. Él nos ama porque nos ama. Aunque no lo merezcamos, Él nos seguirá siempre amando porque su amor es gratuito e incondicional. Así debe ser también el amor entre los miembros de la familia, la madre siempre amará a sus hijos no importando las situaciones en que se involucren.

3.- El amor de Dios es un amor salvador.

Cristo nos viene a redimir de nuestros pecados y a liberarnos de nuestras esclavitudes. Cristo viene a devolvernos la paz del alma y viene a sanarnos de nuestras heridas y a consolarnos en nuestras penas. Así debe ser el amor de los padres a los hijos, un amor que sana y que libera, un amor que educa y encamina por la senda del bien y de la paz.

4.- El amor de Dios hacia nosotros es libre.

Simplemente porque Él nos quiere amar, pero también respeta nuestra libertad, solo en la libertad se da el amor verdadero. Él nos ama y espera nuestra correspondencia, pero nunca nos forzará. Estamos llamados a conocer el amor de Dios y a creer en él. El que crea en él se salvará y el que no crea en él, ya está condenado. Somos libres de aceptar o rechazar su amor. Así debe ser el amor de los padres e hijos en una familia, respetando siempre la libertad y la dignidad de cada persona, dejándole ser él mismo y ayudándole a seguir su esencia.

5.- El amor de Dios es revelador.

“El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él y nos manifestaremos a él” (Jn 14,23).  Al sentirnos amados por Dios, se nos revela como un Padre que nos dice como a su Hijo Jesucristo: “Éste es mi hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias” (Mt 3, 17). También la experiencia del amor de los padres hacia los hijos les revela quiénes son, refuerza su identidad y madura su personalidad.

6.- El amor de Dios es misericordioso.

Nunca se cansa de perdonar, siempre está pronto a abrirnos los brazos y abrir el corazón cuando volvemos a Él, como el hijo pródigo, arrepentidos de nuestros pecados. También los padres deben tener ese amor misericordioso que nunca, nunca se cansa de perdonar y que los hijos estén seguros que siempre contarán con el apoyo de sus padres.

7.- Abramos el corazón a este amor.

Queridos hermanos acojamos este amor maravilloso de Dios que es eterno infinito y seguro. El amor de Dios es desde siempre y para siempre. Abramos el corazón a este amor que nos salva, que nos santifica, que nos consuela y que nos fortalece; que nos llena de paz y de una alegría que el mundo no nos puede dar pero tampoco nos puede quitar. El Señor derrame su bendición sobre nosotros para que seamos capaces de creer en el amor que Él nos tiene y corresponder a ese amor, alabándole, sirviéndole y cumpliendo sus mandamientos. Así sea.

 

 

+ Pedro Pablo Elizondo Cárdenas L.C.

Obispo Prelado de Cancún-Chetumal