¿HACER EL AMOR MIENTRAS BAILAS?¿ES POSIBLE?

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El fin de semana salí a bailar con mis amigos, ya teníamos tiempo de no hacerlo. ¡Qué rico bailar!, ¿les gusta a ustedes?

Y es que cuando bailas ríes, sientes y vives la canción. Empezamos con una canción suave, era salsa de esas “viejitas” después bailamos la “¡Qué bello!” … y fue justo ahí donde me di cuenta de la relación qué hay entre el baile y el sexo.

Y es que tiene mucho que ver, queridas y queridos lectores, por qué cuando bailas gozas, vibras, te emocionas, imaginas y si lo haces con una pareja sin lugar a dudas sus cuerpos rozan. El baile es tan sublime, tan duro o tan suave como lo es el sexo.

Puedes bailar con mucha gente, pero no acoplarte, puede gustarte mucho la canción y si no la bailas con alguien que lleve el ritmo, que disfrute y con quien te acomodes, puede volverse bochornoso.

Los mismos pasa con el sexo, por eso les hablaré sobre un tema que, históricamente, nos ha marcado, nos ha seguido, nos ha pertenecido. Me refiero al placer sexual.

Las relaciones sexuales tienen como principal propósito reproducir la especie. Pero a ver, imagínense que ustedes tuvieran hambre y la comida supiera horrenda, entonces no querrían probarla. Esto pasa con el deseo, los lleva a tener relaciones sexuales y, si son placenteras, las repetirán y “aumentarán la dosis”; de lo contrario, no importará qué tan apetitosa se mire la comida, si no les gusta simplemente no la probarán ni repetirán.

Esto nos lleva a buscar las oportunidades para tener las relaciones sexuales de manera más continua. Las relaciones sexuales son, por decirlo así, “fábrica” de hormonas, serotonina y, sobretodo, endorfinas. Además, conllevan otros beneficios, como, por ejemplo, buen humor, conciliación del sueño, ejercicio cardiovascular vascular, etc.

No solamente el hombre, sino también la mujer, busca en las relaciones sexuales placer. En algunas culturas aún prevalece la idea de que es de “machos” ir de caza a los antros, fiestas, bares o, donde quiera que sea, para atrapar a una presa, es decir, a una mujer. Esto trae con sigo el efecto de “cosificar” (objetivizar) a las personas. Si el encuentro, la relación, cualquiera que ésta sea, es de común acuerdo entonces la situación cambia.

Sin embargo, aún en nuestros días se sigue manteniendo el pensamiento de que el hombre caza y la mujer cosecha o recolecta, o sea, el hombre provee y la mujer se queda en casa.

¿Y qué pasa si ahora es la mujer quien caza?, ¿lo han pensado? Seguramente no.

Se los dejo de tarea.

En la antigüedad, el sexo era visto como parte de una debilidad humana, algo sucio que nos hacía sacar nuestros instintos animales; y no como una forma de comunicar y disfrutar de nuestra vida en pareja. Según este tipo de interpretaciones, el hombre era débil y sucumbía ante las tentaciones del sexo, mostrando debilidad ante hermoso cuerpo, cabello, etc. La realidad es que no sólo se trata del “envoltorio” del cuerpo, sino es más que eso: se habla de la sensualidad que envuelve el erotismo de cada uno de los encuentros, de la inteligencia que muestren y, por qué no, hasta de un toque de perversión.

Por eso, es tan fácil enamorarse falsamente de la persona cuando se tienen encuentros sexuales. Cuando el sexo es casual y no se vuelve a ver a la persona, los recuerdos en la memoria a corto plazo permanecen y reaparecerán sólo si el sexo fue placentero.

En el caso de una vida sexualmente activa entre parejas, casadas o en noviazgo, con más de tres años juntos, es normal que las relaciones sexuales sean menos frecuentes, lo que no significa que no sean disfrutables, pero ¿por qué pasa esto? Dicha conducta se debe a que los químicos del cerebro de una mujer reaccionan distinto al de los hombres, posterior a un determinado lapso de tiempo, generando así entonces el instinto no sólo por el placer sexual, sino por la reproducción y conservación de la especie.

Cosa distinta ocurre en las relaciones ocasionales o de amasiato, donde es el deseo desbordado lo que controla los instintos sexuales de los involucrados, porque además se vuelve un cóctel con distintos componentes adicionales donde se entra en temas más profundos, cómo lo es el campo de la prohibición. Esto a muchos les resulta excitante y no necesariamente está peleado con la idea del amor. Pero, este es otro tema, relacionado con la moral y la ética.

No importa cuál sea el género, siempre será la química de nuestro cerebro quien nos gobierne.

Cabe mencionar que no todas las relaciones sexuales son placenteras. Los mitos y tabúes que las envuelven nos hacen pensar o creer en cosas que quizá anatómicamente no sean posibles, pero las grandes industrias del cine o, inclusive, de la pornografía así nos lo marcan.

Es sano divertirse, experimentar, disfrutar, siempre cuidando de la salud sexual propia y la de los demás con las medidas correctas. No sólo se trata de evitar un embarazo, se trata de ser responsables con uno mismo y con los demás.

¡A bailar se ha dicho!

¡Quiéranse! ¡Apapáchense!