¿POR QUÉ NOS IMITAMOS?

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Por: Alejandra Chávez

Los seres humanos estamos “configurados para sobrevivir”, valga la expresión. ¡En efecto! Cada respiro, cada suspiro, cada parpadeo, cada reflejo, cada cosa que hacemos y que decimos que la hacemos sin pensar, son signos de que estamos “sobreviviendo”.

En la Grecia clásica, de Platón y Aristóteles, se describía al ser humano como un animal racional. La razón se erigió como la característica que anida en él y lo distingue de los demás seres vivos que habitan este planeta.

Así como tenemos procesos orgánicos, también contamos con psique, con ganas de socializar y ser aceptadas y aceptados por los demás.

No podemos decir que el ser humano (término que incluye a mujeres y hombres), de manera innata, busca vivir aislado, en soledad, porque sería una mentira. Siempre va a buscar la forma de interactuar o establecer una relación con los otros. Un ejemplo de esto son las manifestaciones artísticas: la pintura, la escritura, la música, la fotografía, etc. A través de ellas, en muchas ocasiones, los artistas que aparentemente no son muy sociables hacen por acercarse a su público, comunicarle sus emociones y sus ideas.

Para ejemplificar lo que les acabo de decir, hagamos un viaje breve al pasado y traigamos a colación a Vincent Willem van Gogh, quien fue uno de los principales exponentes del post impresionismo. Los expertos aseguran que pintó alrededor de 900 cuadros y realizó más de 1600 dibujos. Cabe decir que no era el más sociable en sus círculos. Sin embargo, por medio de sus obras se relacionaba con los demás; se hacía “escuchar”, dejaba su legado.

¿Cuántas personas no han querido imitar a van Gogh en alguno o en la totalidad de sus rasgos artísticos? Y es aquí donde comienzo a explicar a ustedes por qué tendemos a copiarnos entre nosotros.

El cerebro hace una asociación entre colores, aromas, texturas. Esto, para poder defenderse ante las eventuales amenazas que podrían poner en riesgo la vida del ser humano.

 

Si ustedes, queridas y queridos lectores, observan a un bebé de escasos meses de edad, podrán darse cuenta que al mirar a su mamá mientras ella le habla, él verá los labios de ella moviéndose y tratará de imitarla hasta lograr hacer un sonido.

Cuando los bebés nos sonríen, no es que siempre seamos de su total agrado. Así que no nos emocionemos aún. Lo que pasa es que están imitando lo que ven en nosotros. Esto se llama “efecto espejo”. El cerebro lo hace como asociación de lo que es aceptable o no. Y no estoy hablado de la moral o de lo políticamente correcto (este tema lo abordaré en otra columna).

A lo largo del desarrollo humano, nuestra especie va adaptándose a sus entornos; como primer núcleo social tenemos a la familia. Imitamos aquella persona con la cual nos sentimos más identificados; en muchos casos es nuestra mamá, en otros nuestro papá o algún hermano.

Imitamos lo que vemos hacer a los demás, lo que les oímos decir o lo que nos parece que sienten. Todo lo vemos, todo lo percibimos. Imitamos las modas, las tendencias políticas e incluso la indignación y el desasosiego. Lo hacemos desde que nacemos y, en general, no dejamos de hacerlo nunca, porque es un mecanismo de defensa. Necesitamos sentir que somos, como dirían algunos, parte de “la manada” (en tantos animales racionales), parte del grupo social.

No por nada el éxito en las modas, las cuales, cabe mencionar, se repiten una y otra vez. Casi no hay creatividad; lo creativo está fuera de lo común y, por lo mismo, generalmente es atacado, señalado, hecho a un lado, porque es distinto, diferente, tiene vida propia.

Por eso, tendemos a imitarnos, a copiarnos entre nosotros. Así que no se desconcierten ni se molesten si alguien les copia; recuerden que lo que quiere es que lo acepten.