“TODOS SOMOS BARTIMEO”

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1-. UN CIEGO LLAMADO BARTIMEO. Jesús al salir de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, está iniciando el último tramo de su viaje a Jerusalén. Ya tiene pleno conocimiento de aquello que lo espera en Jerusalén: el supremo sacrificio. Y a pesar de todo, va a paso decidido y firme a su meta del calvario pues esa es la voluntad del Padre y quiere cumplirla hasta las últimas consecuencias. Al salir de Jericó, aparece de repente un ciego, que pedía limosna y estaba sentado al borde del camino. Como cualquier otro ciego no se podía mantener con sus propios recursos, sino que depende de la bondad y compasión de los demás. Los ciegos eran el símbolo de la más grande miseria y marginación humana. Su ceguera física hacia pobre y oscura su vida personal y también su vida social, pues en todo tenía que depender de la caridad de la gente.

2-. VETE, TU FE TE HA SALVADO. En su desgracia ese pobre ciego y mendigo, tuvo la fortuna de encontrarse en el camino de Jesús que salía de Jericó y al escuchar los rumores de la gente, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Pero la mayor gracia y fortuna fue su gran fe. Al gritar repetidamente “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” y no dejarse callar por los que lo reprendían, sino gritar más fuerte “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”, demostró una gran fe que Jesús supo reconocer: “Vete, tu fe te ha salvado”. En vez de amedrentarse por quienes intentan callarlo, sigue gritando aún más fuerte y cuando se siente llamado, tira el manto y de un salto se pone de pie y se acerca a Jesús. Pero la fe se manifiesta todavía más grande, cuando se pone a seguir a Jesús. Después de haber obtenido la curación, se vuelve discípulo de Jesús, no se olvida de quien le ha hecho el milagro, ni sigue su propio camino, ni se queda sentado al borde del camino, sino que se decide seguir a Jesucristo hasta Jerusalén.

3-. TODOS SOMOS BARTIMEO. Todos estamos al borde del camino, unas veces sentados, otras veces tirados, otras veces extraviado. Todos tenemos nuestras propias cegueras: ceguera del espíritu, ceguera de la inteligencia, ceguera del corazón, ceguera de la conciencia, ceguera física, de los ojos. Tenemos ojos para ver, pero no vemos o queremos ver los ejemplos de Jesús; tenemos ojos y no queremos ver las necesidades y miserias de nuestros hermanos, que reclaman de nuestra ayuda; tenemos ojos pero no queremos ver nuestras limitaciones, nuestros pecados, nuestras miserias, que necesita de la curación de la misericordia de Jesús; tenemos ojos pero no queremos ver ni reconocer los odios, los corajes y los resentimientos que anidan en nuestro corazón y nos pudren el alma; tenemos ojos pero la oscuridad y la confusión de nuestra conciencia no nos deja distinguir claramente entre el bien y el mal. Jesús pasa a la vera de nuestro camino pero necesitamos más fe, para gritarle más fuerte, para saltar, para tirarle el manto, para ponernos de pie, para acercarnos a Él con fe, para que Él así pueda hacernos el milagro de recobrar la vista y curar la ceguera del alma.