VOTO DURO VERSUS SOCIEDAD CIVIL

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Por: Imelegal | @IMELEGAL

Habiendo pasado la jornada electoral federal, con los resultados ya conocidos por la mayoría de nosotros, aun cuando de conformidad con lo que las leyes electorales prescriben el proceso electoral no ha concluido (faltaría agotar la etapa de declaración de validez, misma que inicia al terminar los cómputos de cada elección y concluye con la entrega de las constancias de mayoría y las declaratorias de validez de las elecciones realizadas, o en su caso, con las resoluciones que emitan los tribunales electorales competentes), con esos resultados es factible extraer algunas hipótesis y conclusiones.

Me interesa una en particular. En repetidas ocasiones, hemos expresado en estas líneas la convicción de la importancia y urgente necesidad y pertinencia de una mayor y más activa participación de la sociedad civil en nuestra vida pública.

Esta participación ciudadana se aprecia desde luego con mayor nitidez en los procesos electorales en los que es posible medir y contabilizar esa participación.

Y aquí, más allá de las razones que llevaron a los votantes a elegir la opción que estimaron más conveniente y adecuada para ellos –eso será cuestión de otro comentario—, una de las cosas que quedaron patentes es que el llamado “voto duro” —el voto seguro, convencido, cautivo— es superado cuando la ciudadanía que no forma parte de ese “voto” decide participar y hacer valer sus preferencias.

A modo de ejemplo, los expertos analistas, han señalado reiteradamente que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), según registros en el INE, cuenta con 6’368,763 militantes, lo que le había permitido tradicionalmente tener un “voto duro”, de cerca de 13 millones de ciudadanos en edad de votar, base electoral con la que sus candidatos iniciaban sus respectivas campañas, con un fuerte respaldo y con el objetivo de solo conquistar el voto útil, con lo que durante décadas le fue suficiente para alcanzar el triunfo electoral.

Situación similar sucedía con los otros dos partidos denominados “grandes” hasta antes de este último proceso electoral, el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

En esta lógica, se acudió también en pasados procesos electorales, para “fortalecer” ese “voto duro”, a la formación de coaliciones con las que se pretendía incrementar dicho “voto” al juntar sus respectivos “haberes”, recurriendo inclusive a los de los llamados partidos “chicos” que aportaban porcentajes de la votación general de una sola cifra, pero que resultaron —al menos en un par de ocasiones— determinantes en el resultado de esas elecciones.
Esta tesis quedó superada en la pasada elección, que sin importar lo “grande” de los partidos así conocidos, frente a un partido de reciente cuño, perdieron de una manera contundente, —muy probablemente también por diversas razones de otras índoles, ya se señalaba—, entre otras razones por la alta participación ciudadana que sobrepasó en número al “voto duro” de todos los demás partidos.

Una lección para tener presente si se pretende ser parte de las soluciones de los problemas y males que nos aquejan como sociedad.