Imaginen un día “sin pandemia”, sin tener que preocuparnos por usar un cubrebocas, poder saludarnos con un abrazo, convivir con nuestros seres queridos y que las reuniones no representen un peligro para nuestra vida o la de alguien más…
Ahora, imaginen que nos presentan la fórmula –o al menos, el primer paso– para poder lograrlo: una vacuna.
En medio del caos y sumergidos en una tragedia colectiva, hace un año, era inimaginable contar con la certeza que teníamos una vacuna para poder controlar y evitar los casos más graves de Covid-19. Hoy, las vacunas son una realidad, pero el mundo es el mismo. La pandemia solo llegó a profundizar la desigualdad social y económica en el país y, a pesar de ser una crisis global sin precedente, la distribución y el acceso a las vacunas se mantiene bajo esa misma lógica: abundancia o marginación, olvidémonos de la cooperación Norte-Sur.
Mientras Estados Unidos avanza con paso acelerado su proceso de vacunación, el resto de América Latina (con excepción de Chile) lleva un proceso lento e insuficiente. Si nos centramos únicamente en México, me parece alarmante seguir en discusiones redundantes sobre si se debe o no vacunar al sector salud privado o si las vacunas son seguras y eficaces. En el primer caso, negarle el acceso a la vacuna al sector de salud privado es un planteamiento mezquino, ellas y ellos, junto con los adultos mayores, deben ser prioridad. En el segundo, la desinformación sobre la efectividad de las vacunas está a la orden del día, alimentado por un universo de noticias falsas que sólo generan mayor confusión a través de titulares capciosos, cadenas de WhatsApp y publicaciones sin fundamento en Facebook, además de la desconfianza habitual sobre lo desconocido.
Durante el proceso de vacunación a adultos mayores en Quintana Roo, una de las principales causas por la baja asistencia en algunos módulos ha sido el miedo. Al tener la oportunidad de platicar con algunas y algunos durante estos últimos días, me preguntaron en varias ocasiones si existía algún efecto secundario o si la idea del Gobierno era deshacerse de ellos. Casi todos estuvieron nerviosos y algunos pocos se formaron por mera coincidencia. Algunos cuestionaron la legitimidad de las vacunas y un puñado creyó que la inyección era sinónimo de muerte.
Las dudas son genuinas, pero debemos combatirlas con información fidedigna, cuestionar nuestras fuentes y asumir con responsabilidad lo que difundimos y compartimos: las vacunas son seguras y son nuestro pase inicial hacia ese día “sin pandemia”.
*Colaboración de Heyder Manrique, comunicólogo y reportero de ENCADENA.











