Aunque suena a broma, en 1997 el jugador de la NBA, Oliver Miller, fue suspendido por su propio equipo debido a su aumento de peso descontrolado. Miller, quien ya era conocido por su gran tamaño, llegó a pesar más de 170 kilos en plena temporada, afectando su rendimiento en la cancha.
Los directivos del equipo se preocuparon no solo por su desempeño, sino también por su salud, y le impusieron un programa estricto de alimentación y ejercicio. Como no logró cumplirlo, fue apartado de la plantilla.
Esta historia es uno de los recordatorios más insólitos en el deporte profesional de que la disciplina alimentaria es tan importante como el entrenamiento físico.












