Veinticinco años pueden ser una vida entera. O, como en mi caso, el tiempo suficiente para que un país se transforme de manera tan radical que uno duda si está caminando por el mismo territorio que alguna vez recorrió con miedo y prisa. Eso fue exactamente lo que me ocurrió en mi reciente viaje a El Salvador.
La primera vez que llegué en enero del 2001, no fue como turista. Llegué como reportero. Movido por la urgencia, no por la curiosidad. Primero por aire hasta Guatemala y después por carretera hasta San Salvador, mientras la tierra seguía temblando. No es una metáfora: seguía temblando. Y también temblábamos nosotros. Habíamos ido a cubrir un terremoto brutal que dejó cerca de mil muertos y que, entre sus escenas más desgarradoras, incluyó el desgajamiento de un cerro que sepultó por completo a una población. Todavía hoy, cuando lo recuerdo, siento ese silencio pesado que solo existe en los lugares donde la tragedia acaba de ocurrir.
Ese era el país que conocí. Un país golpeado primero por la guerra civil y después por una violencia cotidiana que parecía no tener remedio. En los años siguientes, lo vimos desde lejos: las pandillas crecieron, la inseguridad se volvió parte del paisaje y el miedo terminó por instalarse en la vida diaria de los salvadoreños. Muchos pensábamos que sería una herida permanente.
Por eso este viaje fue distinto desde el primer momento. Yo iba con una mezcla de curiosidad turística y obsesión periodística. Quería comprobar si lo que se decía era cierto. Y sí, lo es. Lo que encontré fue un país irreconocible. Tranquilo. Ordenado. Vivo.
Recorrí pueblos que hoy son verdaderos refugios para quien quiere desconectarse del ruido del mundo. Subí a volcanes, caminé junto a lagunas, miré el lago de Coatepeque con esa calma que solo tienen los paisajes que ya no viven con miedo. En la costa, en la llamada Surf City, vi algo que hace años habría parecido imposible: miles de jóvenes disfrutando, riendo, viviendo. Y lo más sorprendente no fue la belleza del lugar, sino la sensación de seguridad. Nadie te ofrece drogas. Nadie te acosa. Nadie te mira como si estuviera calculando cuánto vales.
Lo digo con toda claridad: es un cambio que no se puede explicar con discursos. Se explica caminando. Se explica manejando por carretera sin retenes cada pocos kilómetros. Se explica sentándose en una playa sin mirar el reloj ni la espalda. Y también se explica con detalles tan concretos como el precio de la gasolina: un país que no produce petróleo y aun así logra mantener costos que en otros lugares parecen imposibles.
Más allá de las simpatías o diferencias políticas, hay algo que resulta evidente: cuando un Estado decide enfrentar la delincuencia sin titubeos, el resultado se nota. El Salvador pasó de ser un símbolo de violencia a convertirse en un referente de transformación. Y para alguien que lo conoció en sus peores días, caminar hoy por sus calles es como presenciar un pequeño milagro moderno.
A veces el periodismo sirve para denunciar lo que está mal. Pero también debería servir para reconocer cuando algo cambia para bien. Y este, sin duda, es uno de esos casos.











