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“EL QUE PIERDA SU VIDA, LA ENCONTRARÁ”

  1. Cuando Jesús anunció  a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer ahí mucho de parte  de los sumos sacerdotes y que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día, los apóstoles no entendieron nada y se escandalizaron. Entonces Pedro se lo llevó aparte para disuadirlo: “Señor, eso no te puede suceder a ti”. Dice el libro del  Kempis que muchos siguen a Cristo hasta el partir del pan, pero cuando se asoma la sombra de la cruz, salen huyendo. Tenemos los seres humanos un miedo instintivo y visceral a la cruz y al sufrimiento. San Pedro acababa de hacer la más sublime confesión de fe: “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios Vivo”. Y sin embargo cuando Jesús anuncia la cruz, su amor humano y muy humano, quiere apártalo del camino de la cruz. El Padre celestial le había iluminado en su máxima confesión de fe, pero ahora su mentalidad humana, muy humana,  su modo de pensar no era el de Dios, sino el de los hombres y el de satanás.
  • Ser discípulo de Cristo no es nada fácil pero Jesucristo respeta  siempre nuestra libertad y siempre apela a nuestra voluntad: “El que quiera venir conmigo, que renuncie así mismo, que tome su cruz y me siga”. Para conocer a Jesús, hay que seguirlo, para amar a Jesús, hay que seguirlo y para seguirlo hay que ser muy valientes. Mientras el miedo y la cobardía nos dominen, no lo conoceremos,  ni lo amaremos, ni lo seguiremos. El ejemplo de San Pablo es muy claro: “Todo lo tengo por basura con tal de alcanzar a Jesucristo. Y ahora lo único que quiero es conocerlo y padecer su pasión y morir su muerte para alcanzar su resurrección”.
  • La ley de la renuncia, es la ley del amor y de la vida. Cuando dos jóvenes se casan y tienen que vivir juntos, y a uno le gustan las películas de caricaturas y al otro las de balazos, a uno le gustan los caballos y a otro las motos, a uno le gusta la montaña y al otro la playa. ¿Qué tienen que hacer? Tienen que aprender a renunciar y a ceder, si quieren mantener y madurar en el amor. La ley de la renuncia, es la ley del verdadero amor a Dios, a la esposa y a los hijos. Cuando se encuentra, el gusto y la alegría de la renuncia, el amor comienza a madurar. Si el miedo y el egoísmo nos impiden renunciar, nos están impidiendo madurar en el amor. En el amor a Cristo, se nos pide renunciar a nosotros mismos, pero en realidad, se nos pide renunciar a lo malo que hay en nosotros: la codicia, la soberbia, la gula, la lujuria…. etc. y renunciando a estas tendencias desordenadas del ego, salvamos la esencia más profunda de nosotros mismos y encontramos el amor verdadero. No tengamos miedo a la muerte que da la vida, a la renuncia que madura el amor y a la cruz, que lleva a la luz. Amén
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