Las redes sociales popularizan un nuevo argot juvenil que mezcla términos del gaming, la cultura pop y las relaciones amorosas.
Las redes sociales se han llenado de vídeos de batallas entre jóvenes que “farmean aura”: dos adolescentes enfrentados en un duelo de miradas mientras hacen mewing o sueltan un 67 entre bailes improvisados. Para la mayoría de los adultos, estas escenas resultan incomprensibles o provocan cringe, también llamado lache, y dejan claro que hace falta un traductor para entender el lenguaje de la Generación Z.
En este vocabulario, el aura funciona como una puntuación invisible de estatus social. Y farmear, tomado del universo gamer, donde significa repetir una acción para acumular recursos, se usa para describir el intento de parecer el más guay de la sala. Por eso, en estas batallas virales, gestos como el mewing, que consiste en pegar la lengua al paladar para remarcar la mandíbula, o el 67, sirven para sumar puntos en esa especie de competencia simbólica.
La expansión de este argot no se limita a los vídeos virales. También se ha colado en conversaciones sobre consumo, moda y tendencias. La obsesión colectiva por el chocolate Dubái o la crema de pistacho llevó a muchos jóvenes a tildar estos productos de charca, una forma de describir aquello que se consume en masa solo por volverse viral. Muchas de estas expresiones provienen del inglés y otras han sido adaptadas al español, como lache, rescatado del caló y usado con el mismo sentido que cringe.
Del gaming a la cultura pop
Muchos de estos conceptos nacieron detrás de las pantallas. Expresiones del universo gamer conviven hoy con nerfear, que significa bajar el atractivo o las habilidades de alguien; NPC, para describir a quien actúa en automático; estar chetadísimo, cuando alguien va demasiado preparado; o decir “F” para dar el pésame ante una pequeña desgracia. Lo que empezó como jerga entre partida y partida terminó por instalarse en la vida real.
El vocabulario también se nutre de la cultura pop, la moda y el universo drag o LGTBIQ+. Un ejemplo es devorar, traducción del inglés ate, que se usa cuando alguien destaca de forma impecable, como una amiga que llega a una fiesta con un outfit perfecto y a la que se le dice que “ha devorado sin dejar ni las migas”. A ello se suma servir coño, heredado del ballroom, que ha perdido cualquier carga vulgar para convertirse en un elogio a una actitud imponente y llena de confianza.
En esa misma lógica aparecen slay, que ha mutado en fórmulas como “dilo, reina” o “dilo” para vitorear a alguien que habla sin tapujos, y madre, traducción de mothering, reservada para coronar a una mujer que domina su terreno con maestría absoluta. También conviven expresiones como brat summer, impulsada por Charli XCX, el PEC, por el culo, o la búsqueda constante de lo aesthetic, entendido como algo armónico y fotogénico.
Relaciones, redes y nuevas etiquetas
En el mapa sentimental de la Generación Z también hay un repertorio propio. Una situationship es ese “casi algo”, una relación sentimental sin compromiso formal que con frecuencia termina en ghosting, es decir, desaparecer de la noche a la mañana sin dar explicaciones. Antes de eso puede haber existido un lovebombing, o bombardeo de afecto desmedido para enganchar a la otra persona. En ese contexto, las red flags sirven para identificar señales de alarma de una persona tóxica.
El lenguaje también describe a quienes encajan en ciertos estereotipos. Un fife es un chico de masculinidad tradicional obsesionado con el fútbol. Si aparece un nuevo crush, el flechazo de toda la vida, el paso siguiente suele ser stalkearle en redes sociales, mientras una amiga lo respalda y confiesa que os shippea, celebrando esa posible pareja. En paralelo, compartir el té, es decir, el chisme o cotilleo, sigue siendo el motor de muchas conversaciones.
Factos, delulus y brainrot
Más allá del juego y del amor, la vida cotidiana de la Generación Z se articula a través de un amplio repertorio de reacciones. Si algo es una verdad irrefutable, se responde con un facto, un literal o lit, o un simple RT, heredado del retweet de Twitter para mostrar apoyo total. También aparece el y punch, variación de “y punto”, para cerrar cualquier discusión de forma tajante.
La risa absurda de un lol o un lolazo convive con el brainrot, esa saturación o “pudrimiento cerebral” por consumir vídeo tras vídeo en TikTok. En redes también circulan tropiezos necesarios que se etiquetan como un evento canónico, obsesiones aleatorias que rondan la cabeza a todas horas —el famoso “imperio romano”— e ilusiones rozando el autoengaño bajo la filosofía del delulu, derivado de delusional y asociado a vivir en una fantasía.
Si alguien la lía en internet, puede ser funado y sufrir una cancelación en redes. En este ecosistema de hype, debates sobre la cultura woke, vídeos en POV y situaciones random, lo único que queda es adaptar el mood al momento y confiar en que las redes no superen a nadie. Las palabras de la Generación Z evolucionan y mutan de la noche a la mañana, por lo que la clave para los no iniciados es tomárselo de chill y no caer en la desesperación.
Al final, entender este diccionario ayuda a no parecer un NPC ante hijos o sobrinos y a seguir el ritmo de un lenguaje que cambia casi al mismo tiempo que las tendencias que lo alimentan. Si no se domina cada término, siempre queda la posibilidad de asumir la pérdida de aura y recordar que, en esta vida, todo es cuestión de actitud. Y punch.










