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LA DEMOCRACIA

A la democracia se le identifica como esa forma de gobierno que emana del pueblo desde su raíz cuyo origen son las palabras griegas: “demos”, pueblo y “Kratos», gobierno.

Se señala a Abraham Lincoln (1809-1865), décimo sexto presidente de los Estados Unidos de América (1861-1865), como al que recogió ese espíritu cuando definió a la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

La democracia supone principios y valores. La democracia se nutre del conocimiento, también con la participación de los distintos actores sociales y sus decisiones que incluyen la posibilidad de construir una sociedad libre e igualitaria, con libertades de pensamiento, de desplazamiento, de expresión, de asociación, de credo, de desarrollo personal.

Ante la imposibilidad práctica y real de poder recoger el parecer de cada persona al momento de la toma de decisiones gubernamentales que impactarán a la sociedad, han sido construidos en los distintos países que han abrazado a la democracia como su forma de gobierno, procesos electorales, más o menos, definidos que permiten a través de ellos contar con personas que conforme a las reglas que se establezcan previamente, les representen.

De estos procesos electorales, surgirán los representantes del pueblo — supuestos conocedores de las demandas y requerimientos de sus electores y a través de los que se manifestará la voluntad popular— los que, desde el momento mismo de incluirse en la contienda, por ese solo hecho aceptan las reglas establecidas, entre las que están, el aceptar los resultados que arrojen dichos procesos. En democracia, se dice, se gana o se pierde por un voto.

Lamentablemente esto no siempre sucede. No en todos casos se acepta el hecho de haber perdido una elección y en no pocas ocasiones, una vez que se accede al poder, la tentación de hacer la cosas arbitrariamente, por encima de las leyes —o dándoles la vuelta—, a fin de conservarse en el poder se ha convertido en una terrible realidad para los pueblos que la han sufrido.

Por ello resulta aleccionador lo sucedido en la última elección celebrada en los Estados Unidos de América; en la que primero se dio la falta de aceptación por parte de quien resulto perdedor del resultado a fin de permanecer en el cargo, pero en la que también, de nueva cuenta, el espíritu de la democracia en esa nación se hizo presente.

Efectivamente, no es la primera vez que esa Nación da muestra de su convicción democrática. Lo hicieron al aceptar como su presidente a Barak Obama, contra todo pronóstico y los prejuicios que existían —y existen— respecto del color de su piel; y ahora de nueva cuenta lo hacen en este su más reciente proceso.

Antes de iniciarse ese proceso el Presidente Trump ya hablaba de que la única forma de perder la elección sería mediante el fraude electoral. La perdió y como había anunciado, desconoció el resultado; intentó recursos legales para detener el conteo de votos, presionó a las autoridades locales e incluso, con la esperanza de poder llevar la elección a la decisión de la Suprema Corte, presionó a los representantes republicanos integrantes de los distintos comités estatales que por ley debían certificar los resultados, para que no lo hicieran, particularmente en estados “clave” y determinantes en esa elección como Georgia, Pennsylvania, Michigan.

Con todo —republicanos incluidos— los resultados fueron certificándose en cada uno de los estados integrantes de la Unión americana, prevaleciendo la voluntad expresada por la mayoría de los votantes y concretándose así, formalmente el triunfo del señor Joe Biden quien será, por decisión de esa mayoría de los electores norteamericanos, su próximo Presidente.

Es claro que arribar a esa conclusión no fue sencillo para ese país. Lo experimentado por sus actores y ciudadanos con sus consecuencias no han quedado del todo superadas y muy probablemente para superarlas, así como las diferencias y confrontaciones alentadas para dividir a sus ciudadanos con el afán de ganar, habrá de transcurrir algún periodo de tiempo.

Sin embargo, quedan así ejemplificados algunos principios fundamentales para la democracia. En la democracia un requisito sine qua non es que haya demócratas.

Juan Jacobo Rousseau, decía que para la formación de una sociedad democrática nadie debía ser tan rico como para poder comprar al otro y nadie tan pobre como para querer venderse.

Rigoberta Menchú, premio Nobel guatemalteca, expresó: La democracia no es una meta que se pueda alcanzar para dedicarse después a otros objetivos; en una condición que sólo se puede mantener si todo ciudadano la defiende.

Parafraseando algo que le escuche a nuestro Héctor Aguilar Camín, el voto lo llevó al poder y por el voto tendrá que dejarlo.

Como sea, gran lección de democracia para el mundo, literalmente, en la que nuestro País, desde luego, no es excepción y de la que se puede y conviene abrevar.

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