En la política mexicana hay momentos en los que la realidad termina por imponerse a cualquier narrativa. Hoy estamos frente a uno de esos momentos. Nos guste o no, el mapa político del país pinta casi de un solo color. Y ese color, para bien o para mal, es guinda.
A estas alturas del partido resulta difícil encontrar a alguien que sostenga seriamente que la oposición mexicana tiene posibilidades reales de disputarle el poder a Morena en el corto plazo. Ni el PRI, ni el PAN, ni Movimiento Ciudadano parecen tener hoy la fuerza, la estructura o el liderazgo necesarios para siquiera incomodar al oficialismo rumbo a las elecciones intermedias de 2027, y menos aún pensando en las presidenciales de 2030.
La aplanadora guinda sabe perfectamente que tiene el toro tomado por los cuernos. La política de apoyos sociales —convertida ya en la columna vertebral del proyecto político— ha creado una base electoral sólida, difícil de erosionar. Podrán exhibirse escándalos de corrupción, excesos de algunos de sus cuadros o incluso señalamientos de presuntos vínculos con el crimen organizado, pero a la hora de las urnas millones de ciudadanos siguen convencidos de que el país va por buen camino.
Por eso, la supuesta derrota de la iniciativa presidencial de reforma electoral tampoco parece haber sacudido demasiado al gobierno. Apenas se anunció que la propuesta no prosperaría en sus términos originales, desde el oficialismo se dejó ver el famoso “plan B”. Como si se tratara de un mago sacando conejos de la chistera, Morena dejó claro que la intención de modificar las reglas del juego electoral sigue viva. Y algunos analistas ya advierten que este nuevo camino podría resultar incluso más delicado para la democracia que la reforma que acaba de quedar en el camino.
Mientras tanto, los aliados del oficialismo —el Partido Verde y el Partido del Trabajo— saben perfectamente cuál es su lugar en el tablero. Son partidos satélite que orbitan alrededor del poder. Y mientras sigan alineados con lo que se dicta desde Palacio Nacional, difícilmente pagarán un costo político serio.
Pero sería un error pensar que todo es fortaleza en el universo guinda. Morena también enfrenta tensiones internas, rivalidades, grupos y ambiciones que tarde o temprano chocan entre sí. Esas fracturas, aunque públicamente se minimicen, pueden terminar debilitando la figura de la presidenta Claudia Sheinbaum y complicar la cohesión del proyecto.
Si a eso se suma la presión constante de Estados Unidos y la amenaza —cada vez más mencionada en ciertos círculos políticos de Washington— de intervenir militarmente en territorio mexicano contra los cárteles de la droga, el panorama se vuelve aún más complejo.
Paradójicamente, el mayor riesgo para el gobierno no parece venir de la oposición. Porque la oposición, simple y llanamente, hoy no existe como alternativa real.
Si Morena llega a tropezar, lo más probable es que no sea por un golpe desde afuera, sino por el viejo y conocido enemigo de la política mexicana: el fuego amigo.












