La primera coincidencia pública de Rafael Marín, Eugenio Segura y Ana Paty Peralta rumbo a 2027 ocurrió en Felipe Carrillo Puerto. Difícilmente puede considerarse una casualidad: detrás de esa imagen de cordialidad y normalidad institucional se percibe la mano política de dos mujeres que han sabido construir una relación respetuosa con los distintos liderazgos de Morena en Quintana Roo.
Por Saira Muñoz Gámez, Periódico ESPACIO
Hay fotografías políticas que parecen sencillas hasta que una se detiene a observar todo lo que tuvo que ocurrir para que fueran posibles. A primera vista, la reunión celebrada en Felipe Carrillo Puerto podría describirse como una asamblea informativa más de Morena: militantes reunidos, liderazgos estatales presentes y un mensaje de unidad alrededor de la Transformación. Sin embargo, quienes conocemos un poco los tiempos, los afectos, las aspiraciones y las sensibilidades que rodean cualquier proceso sucesorio sabemos que sentar en un mismo espacio a distintos proyectos políticos nunca es un hecho menor.
La mañana del sábado coincidieron públicamente, por primera vez, Rafael Marín Mollinedo, Eugenio “Gino” Segura Vázquez y Ana Paty Peralta. Oficialmente, los tres participan en la conversación como defensores de la Transformación; políticamente, sería ingenuo no reconocer que sus nombres forman parte de la sucesión rumbo a la gubernatura de Quintana Roo en 2027. Cada uno representa una trayectoria, una relación con el movimiento y una aspiración legítima. Por eso, verlos compartir un foro sin confrontaciones, bajo una misma convocatoria y dentro de un ambiente de normalidad institucional, dejó una imagen mucho más significativa de lo que podría parecer.
Y debo decirlo con claridad: no considero una coincidencia que esa primera reunión se haya producido precisamente en Felipe Carrillo Puerto.
Ahí gobierna Mary Hernández, una mujer fundadora de Morena, conocedora de la vida interna del movimiento y profundamente vinculada con la historia política reciente de nuestro estado. Ahí también tiene una presencia natural Johana Acosta, presidenta estatal del partido y responsable de convocar una asamblea que consiguió reunir a tres de los perfiles más observados de Quintana Roo.
Mary y Johana son pareja en la vida, pero también han construido un binomio político que merece analizarse con respeto. No porque ambas piensen exactamente igual en todos los temas ni porque sus responsabilidades institucionales puedan confundirse, sino porque han demostrado una capacidad que en política resulta cada vez más valiosa: relacionarse con distintos liderazgos sin convertir la cercanía con uno en una declaración de enemistad hacia los demás.
Quizá esa sea la expresión más clara de lo que solemos llamar “mano izquierda”.
En política, la mano izquierda no significa falta de firmeza ni ambigüedad. Significa saber escuchar sin prometer lo que no corresponde, abrir espacios sin comprometer la neutralidad institucional y mantener canales de comunicación incluso entre quienes compiten. Significa comprender que los proyectos personales pueden ser legítimos, pero que ninguna aspiración debe ser más grande que la estabilidad del movimiento y el futuro del estado.
Se atribuye a Otto von Bismarck aquella idea de que la política es el arte de lo posible. Yo agregaría que, muchas veces, lo posible comienza con algo aparentemente tan sencillo como lograr que personas con aspiraciones distintas acepten sentarse en el mismo lugar, reconocerse y convivir dentro de una convocatoria común.
Eso fue lo que ocurrió en Felipe Carrillo Puerto.
No hubo discursos de confrontación ni señales públicas de ruptura. No hubo una fotografía donde alguien buscara imponerse sobre los demás. Lo que quedó fue una escena de respeto institucional: Rafael Marín, Gino Segura y Ana Paty Peralta compartiendo un espacio convocado por Johana Acosta, en el municipio gobernado por Mary Hernández, con la presencia de militantes, colaboradores y figuras como Jorge Sanén, coordinador de los diputados de Morena en el Congreso local.
En política, la forma también es fondo. Esa frase, asociada a Jesús Reyes Heroles, conserva toda su vigencia porque nos recuerda que los gestos, los lugares y las maneras de relacionarse comunican tanto como los discursos. La forma en que se produjo este encuentro habla de una dirigencia que intenta ordenar el proceso, pero también de una anfitriona con la capacidad de ofrecer un territorio políticamente neutral, cordial y seguro para todos.
MARY HERNÁNDEZ Y LA POLÍTICA DE SER ANFITRIONA
Mary Hernández conoce Felipe Carrillo Puerto desde la responsabilidad de gobernarlo, pero también desde sus raíces políticas y sociales. Es una integrante original y fundadora de Morena, una mujer que ha acompañado al movimiento desde etapas en las que todavía no existían las posiciones de poder que hoy ocupa el partido. Esa historia importa, porque le permite hablar con una legitimidad distinta frente a quienes han recorrido caminos diversos dentro del proyecto.
Gobernar Felipe Carrillo Puerto tampoco es una responsabilidad menor. Se trata de un municipio con una identidad profundamente maya, con necesidades históricas y con desafíos que no siempre son comprendidos desde las ciudades turísticas del norte. Aquí se habla de infraestructura, oportunidades económicas, preservación cultural, desarrollo comunitario y alternativas productivas que respeten el territorio y su gente.
Por eso me parece tan valioso que la primera coincidencia colectiva de estos tres aspirantes haya ocurrido en el corazón maya de Quintana Roo y no únicamente en Cancún, Playa del Carmen o Chetumal. Es una manera de recordar que el futuro del estado no puede definirse observando solamente al corredor turístico. Quintana Roo también se construye desde Felipe Carrillo Puerto, desde sus comunidades, desde su identidad y desde una región que merece participar en las grandes conversaciones políticas.
Mary, desde su condición de presidenta municipal, logró que su municipio se convirtiera en el escenario de esa fotografía. No es necesario exagerar ni atribuirle decisiones que corresponden al partido para reconocer su mérito. Ser buena anfitriona, generar confianza y ofrecer condiciones para que distintos liderazgos se sientan respetados también es una forma de hacer política.
Y Mary lo hizo bien.
Su relación cordial con Rafael Marín, con Ana Paty Peralta y con Gino Segura muestra una capacidad de interlocución que no debe pasar inadvertida. En un proceso donde cada gesto puede ser interpretado como apoyo, distancia o exclusión, conservar una relación respetuosa con todos exige prudencia, inteligencia emocional y sentido institucional.
JOHANA ACOSTA Y LA RESPONSABILIDAD DE CUIDAR LA UNIDAD
Johana Acosta enfrenta, desde la presidencia estatal de Morena, una de las tareas más delicadas de los próximos meses: permitir la expresión de las distintas aspiraciones sin que la competencia interna se convierta en ruptura.
Eso nunca es sencillo.
Cada liderazgo cuenta con seguidores, trayectorias, intereses y expectativas. Cada grupo observa las señales y trata de interpretar quién avanza, quién tiene mayor cercanía y quién podría recibir respaldo. En ese ambiente, la responsabilidad de la dirigencia no consiste en impedir que existan diferencias, sino en ofrecer cauces institucionales para procesarlas.
La unidad verdadera no es aquella donde nadie compite ni expresa una aspiración. Es aquella donde las diferencias pueden convivir sin destruir el proyecto común.
La asamblea de Felipe Carrillo Puerto representó un primer resultado visible de esa tarea. Johana convocó y los tres perfiles acudieron. Compartieron el espacio, respetaron la dinámica partidista y proyectaron una imagen distinta a la de las sucesiones dominadas por el conflicto anticipado.
Eso habla bien de ella.
Johana ha sabido mantener una relación de respeto con Rafael Marín, con Ana Paty Peralta y con Gino Segura. En vez de encerrarse en una sola interlocución, ha conservado abiertos los puentes con todos. Esa capacidad será indispensable conforme avance el proceso, porque Morena necesitará una dirigencia capaz de escuchar a cada expresión y, al mismo tiempo, recordarles que existe un movimiento y un proyecto colectivo por encima de cualquier candidatura.
Mary y Johana, desde responsabilidades distintas, parecen haber entendido esa necesidad. Una desde el gobierno municipal y la otra desde la dirección partidista. Una aportando el territorio y las condiciones de hospitalidad política; la otra generando la convocatoria institucional y el marco de participación. Juntas han conseguido algo que hasta ahora no había ocurrido: reunir públicamente a los tres aspirantes en un mismo espacio.
Es ahí donde encuentro la relevancia de este dúo dinámico, dicho con respeto y también con una sonrisa. Porque muchas veces imaginamos la política únicamente desde los grandes acuerdos nacionales o desde las decisiones tomadas en oficinas lejanas, cuando la realidad es que los procesos también se ordenan gracias a personas capaces de hablar con todos, suavizar tensiones y construir confianza.
La conciliación no siempre ocupa los titulares, pero suele ser la base de los acuerdos importantes.
TRES ASPIRACIONES, UN MISMO ESPACIO
La presencia de Rafael Marín, Gino Segura y Ana Paty Peralta no significa que las diferencias hayan desaparecido ni que el proceso se encuentre resuelto. Los tres tienen perfiles, recorridos y formas distintas de relacionarse con Quintana Roo.
Rafael Marín representa una trayectoria vinculada al origen y al desarrollo nacional del movimiento. Gino Segura forma parte de una generación que ha adquirido responsabilidades importantes dentro de la administración pública y la representación legislativa. Ana Paty Peralta gobierna Cancún, la ciudad de mayor peso económico, demográfico y político del estado.
Es natural que cada uno quiera construir su propia ruta. También es sano que existan distintos perfiles entre los cuales la militancia y, llegado el momento, la ciudadanía puedan valorar experiencia, resultados y propuestas.
El reto será competir sin romper.
Por eso la imagen de Felipe Carrillo Puerto tiene valor. No porque pueda interpretarse como una definición anticipada, sino porque demuestra que existen condiciones para compartir un mismo foro. Ese primer gesto puede parecer modesto, pero todos los procesos maduros comienzan con actos de reconocimiento recíproco.
Sentarse en el mismo lugar significa aceptar que el otro existe, que tiene derechos dentro del movimiento y que merece un trato respetuoso. Significa comprender que la competencia no debe convertirse en enemistad. Y significa también que, cuando llegue la definición, quienes no resulten favorecidos tendrán que ser parte de la construcción de la unidad.
Ese es el verdadero desafío para Morena rumbo a 2027.
UNA PAREJA POLÍTICA QUE SABE CONSTRUIR PUENTES
Hay algo profundamente humano en la capacidad de conciliar. No se trata solamente de técnica política; también requiere sensibilidad para entender los tiempos de cada persona, cuidar las formas y evitar que una palabra mal colocada cierre una puerta innecesariamente.
Mary Hernández y Johana Acosta han demostrado que pueden moverse dentro de esa lógica. Su relación con los tres aspirantes no parece construida desde la estridencia, sino desde la cortesía y el respeto. Y en una época donde la política suele premiar el enfrentamiento, reivindicar la cordialidad es casi un acto de valentía.
No afirmo que ellas, por sí solas, hayan resuelto las complejidades del proceso ni que todo lo que ocurra en adelante dependerá de su intervención. Sería poco serio. Pero sí creo que es justo reconocer que el primer encuentro público entre los tres perfiles ocurrió bajo la convocatoria de Johana y en el municipio de Mary.
Los símbolos importan.
Felipe Carrillo Puerto pasó de ser visto muchas veces como un territorio periférico en las decisiones estatales a convertirse en el escenario inicial de una conversación central para el futuro de Quintana Roo. Mary y Johana ayudaron a colocar al municipio, y con él al centro y sur del estado, dentro de la fotografía política de la sucesión.
Eso también tiene mérito.
Ahora lo importante será que esta coincidencia no quede como una imagen aislada. Que pueda convertirse en el inicio de una competencia con mayor respeto, mejores propuestas y una verdadera atención a los problemas del estado. Que Rafael Marín, Gino Segura y Ana Paty Peralta puedan recorrer Quintana Roo, presentar sus visiones y dialogar con la militancia sin convertir las diferencias en agravios personales.
Quintana Roo necesita una sucesión madura. Necesita liderazgos que comprendan que el norte turístico no puede avanzar dejando atrás al centro y al sur; que el crecimiento debe acompañarse de bienestar; que la identidad maya no puede ser utilizada únicamente como símbolo, sino reconocida como una raíz viva del estado; y que gobernar exige unir realidades profundamente distintas.
La reunión del sábado no resolvió esas preguntas, pero sí abrió una posibilidad: la de conducir el proceso desde el diálogo.
Y detrás de esa posibilidad se percibe la habilidad política de dos mujeres que han sabido mantener abiertas las puertas con todos.
En política, conciliar no significa renunciar a las convicciones. Significa tener la inteligencia necesaria para comprender que ningún proyecto se construye únicamente con quienes piensan igual. Mary Hernández y Johana Acosta parecen haberlo entendido.
Quizá por eso la primera fotografía conjunta ocurrió en Felipe Carrillo Puerto.
Quizá no fue casualidad que el corazón maya de Quintana Roo se convirtiera en el lugar donde tres aspiraciones distintas lograron coincidir.
Y quizá la lección más importante de esa mañana sea que, antes de pedirle a un movimiento que permanezca unido, alguien tiene que hacer el trabajo paciente, silencioso y muchas veces invisible de construir los puentes.
Mary y Johana comenzaron a hacerlo.










