El celular llegó al salón con fama de herramienta educativa y acabó convertido en el compañero más inquieto del grupo. Ahora México decidió ponerle un límite: durante unas horas, TikTok, WhatsApp y los videojuegos tendrán que esperar afuera mientras el maestro intenta recuperar ese viejo lujo llamado atención.
Durante años cometimos una de esas confusiones que sólo parecen razonables mientras están ocurriendo. Como el teléfono inteligente permitía consultar una enciclopedia, resolver una operación matemática, buscar una fecha histórica y localizar cualquier palabra en el diccionario, concluimos que debía permanecer junto al alumno prácticamente todo el tiempo. Era tecnología y, por tanto, modernidad. El pequeño inconveniente consistía en que la misma pantalla donde aparecía Pitágoras ofrecía, a un movimiento del pulgar, TikTok, Instagram, WhatsApp, videojuegos, memes, videos de gatos y probablemente alguna discusión imprescindible acerca de quién dejó de seguir a quién.
La mañana de este 21 de septiembre, el gobierno de Claudia Sheinbaum anunció que la discusión nacional llegó finalmente a una decisión concreta. A partir del 3 de noviembre de 2026, en las primarias y secundarias del país quedará restringido el uso de celulares, tabletas y otros dispositivos con pantalla durante la jornada escolar. Y aquí aparece el detalle verdaderamente interesante: no solamente durante las clases, también durante el recreo. El acuerdo fue respaldado por las autoridades educativas de las 32 entidades federativas y deberá traducirse ahora en reglas aplicables dentro de las escuelas.
No significa que al niño se le practique una revisión aduanal antes de entrar al plantel ni que su teléfono quede decomisado hasta cumplir dieciocho años. Podrá llevarlo consigo, pero deberá permanecer guardado. Habrá excepciones justificadas, entre ellas emergencias y situaciones particulares relacionadas con las necesidades de los alumnos. La medida se concentra en primaria y secundaria; los niveles posteriores tendrán esquemas propios. Dicho de otra manera: el teléfono no ha sido declarado enemigo de la patria. Simplemente tendrá que aprender algo que muchos de sus dueños todavía estamos intentando dominar: hay momentos en los que debe quedarse quieto.
La decisión no apareció de la nada. Desde julio, Sheinbaum había abierto una discusión pública sobre el uso excesivo de pantallas entre niños y adolescentes. La SEP organizó foros, consultó a maestros y trabajó con las autoridades estatales para construir un acuerdo nacional. Para entonces, 16 entidades ya habían avanzado con algún tipo de regulación en las escuelas. El asunto, por tanto, había dejado de ser la clásica batalla doméstica entre el padre que dice “suelta ese teléfono” y el adolescente que responde “ya voy” sin levantar la mirada. Se había convertido en un problema educativo de escala nacional.
Y había razones.
PISA 2022 encontró que la distracción provocada por los dispositivos digitales dentro del salón está asociada con un menor desempeño académico. Los estudiantes que dijeron distraerse por el uso que sus compañeros hacían de aparatos electrónicos obtuvieron, en promedio, resultados inferiores en matemáticas aun después de considerar diferencias socioeconómicas. La OCDE ha sido cuidadosa: la tecnología utilizada con propósitos educativos puede ser valiosa y hasta mejorar determinadas experiencias de aprendizaje; el problema comienza cuando deja de ser herramienta y se convierte en interrupción. Ahí está precisamente la frontera que durante años fingimos no ver. Una calculadora puede ayudar a resolver una ecuación; diez notificaciones mientras se intenta resolverla probablemente colaboren un poco menos.
Pero quizá la parte más interesante de la medida no esté dentro del salón sino afuera, en el recreo.
Durante décadas el recreo fue una institución educativa sin haber necesitado nunca una secretaría propia. Ahí se aprendía a negociar las reglas de un partido, perder sin presentar una demanda, hacer amigos, discutir, reconciliarse y descubrir que una pelota podía producir durante veinte minutos más conversación que cualquier conferencia sobre habilidades sociales. También se aprendía a aburrirse, actividad injustamente desacreditada que obligaba a los niños a cometer una extravagancia hoy casi revolucionaria: inventar qué hacer.
Sheinbaum había señalado precisamente ese fenómeno días antes del anuncio: niños y adolescentes que, en lugar de jugar o conversar durante el descanso, permanecen mirando el celular. El gobierno incluso impulsó actividades para recuperar juegos tradicionales como el trompo, el yoyo, la cuerda y el resorte. La escena tiene cierto encanto arqueológico. Resulta que después de millones de aplicaciones, algoritmos y pantallas de alta definición descubrimos que dos niños, una cuerda y quince minutos todavía constituyen una tecnología social bastante competitiva.
Hay quienes naturalmente preguntarán por qué prohibir en lugar de enseñar a utilizar responsablemente. La pregunta es legítima. De hecho, la propia evidencia internacional aconseja no convertir estas políticas en dogmas. La OCDE ha advertido que las prohibiciones funcionan únicamente cuando se aplican realmente y que la tecnología bien utilizada tiene beneficios educativos. No todos los usos de una pantalla son iguales ni todos los problemas de aprendizaje pueden atribuirse al teléfono. El aparato no convirtió por sí solo a una generación en distraída, como tampoco la televisión destruyó a la anterior pese a que nuestros padres estaban absolutamente convencidos de que lo conseguiría.
La diferencia está en la naturaleza del teléfono contemporáneo. Ya no es solamente un aparato que el alumno decide consultar. Muchas de sus aplicaciones están diseñadas para reclamar atención continuamente: notificaciones, recompensas, desplazamiento infinito, recomendaciones y contenidos personalizados. Competir contra eso colocando enfrente a una maestra explicando las fracciones es pedirle bastante heroísmo al sistema educativo. Un profesor puede tener vocación, preparación, carisma y treinta años de experiencia; aun así, es difícil ganarle todos los días a un algoritmo que ha estudiado durante meses qué mantiene exactamente a ese adolescente pegado a la pantalla.
La escuela, además, tiene una ventaja que pocas instituciones conservan: puede establecer espacios y horarios comunes. En casa cada familia decide cuánto teléfono permite; en el salón es imposible que treinta alumnos funcionen bajo treinta reglamentos distintos. Una norma general elimina buena parte de esa negociación permanente entre maestros, alumnos y padres. El verdadero desafío empezará el 3 de noviembre: lograr que la regla sea clara, uniforme y suficientemente práctica para que no termine convertida en una disposición magnífica dentro de una circular que nadie lee.
Habrá protestas, naturalmente. Habrá estudiantes que desarrollarán escondites de una creatividad digna de mejores causas. Habrá padres convencidos de que necesitan comunicación instantánea con sus hijos a las 10:37 de la mañana y adolescentes que explicarán, con profunda seriedad académica, que necesitaban consultar urgentemente una información cuando en realidad estaban viendo quién respondió una historia. La humanidad sobrevivió durante siglos sin el doble check azul, pero nuestra memoria colectiva sobre aquella hazaña parece haberse perdido.
Nada de esto significa regresar a una escuela enemiga de la tecnología. Sería absurdo. Los alumnos tendrán que aprender inteligencia artificial, herramientas digitales, programación, búsqueda de información y pensamiento crítico precisamente porque vivirán en un mundo dominado por esas tecnologías. Pero aprender a utilizarlas incluye una destreza que durante mucho tiempo omitimos del programa: aprender a apagarlas.
Quizá ahí esté la paradoja más interesante. Durante años pensamos que preparar a los niños para el futuro consistía en ponerles una pantalla enfrente cada vez más temprano. Ahora empezamos a comprender que prepararlos para ese mismo futuro también puede consistir en enseñarles cuándo guardarla.
El teléfono seguirá ahí al terminar la escuela. Seguirán esperándolo los mensajes, los videos, los juegos, los amigos, los influencers y esa extraordinaria maquinaria digital capaz de garantizar que siempre exista algo nuevo que mirar. Nadie pretende regresar a 1985 ni enviar a los estudiantes a clase con ábaco y tintero.
Simplemente, durante unas horas, el maestro volverá a tener una oportunidad razonable de competir.
Y los niños, quién sabe, quizá descubran en el recreo una aplicación antiquísima que no necesita batería, contraseña ni actualización.
Se llama otro niño.










