Por: Padre Reineris Herazo Julio
Todos los años, durante el mes de septiembre, la Iglesia Católica invita a sus fieles a leer con mayor esmero la Palabra de Dios contenida en la Biblia. El ultimo día de septiembre se celebra a San Jerónimo, un santo que vivió entre los años 340 y 420 d.C., patrono de los maestros y estudiantes de la Biblia, quien con un amor apasionado por la Sagrada Escritura tuvo la loable tarea de traducirla de los originales hebreo y griego al latín, que era la lengua común de los habitantes del imperio romano.
Con la traducción realizada al latín que hizo San Jerónimo se logró que la Palabra de Dios se hiciera cercana a las personas que desconocían el hebreo y el griego, y de esta manera se establecieran vínculos firmes entre las personas que leían los pasajes de la Biblia y las narraciones contenidas en ella. Y a partir de esa traducción hecha por San Jerónimo, la Biblia tuvo un alcance nunca antes logrado por ningún otro libro en toda la historia de la humanidad.
La Unesco ha declarado a la Biblia como el único libro Patrimonio de la Humanidad, debido a su influencia en la historia y en la cultura de la humanidad, y porque más allá de la originalidad religiosa, este libro ha sido fuente de inspiración artística en la pintura, la escultura, la música y en el resto de las artes.
Es también el libro más vendido de todos los tiempos. Editado en más de dos mil lenguas y dialectos diferentes, es la obra de la literaria más traducida. Creyentes y no creyentes leen este libro con respeto y con un interés especial.
La Biblia es el conjunto de palabras, frases, mensajes, recuerdos históricos y vivos del proyecto amoroso y salvador de Dios por nosotros. Judíos y cristianos consideramos la Biblia como un libro sagrado porque creemos que lo que hay en ella es revelado por Dios.
Por amor, Dios se nos revela mediante obras y palabras íntimamente unidas, ofreciéndonos la salvación que culmina en Cristo Jesús. Esta revelación, transmitida y actualizada en la vida de la comunidad quedó consignada por escrito en los 73 libros de la Biblia: 46 del Antiguo, escritos en su mayoría en hebreo y 27 del Nuevo Testamento, escritos todos en griego.
La novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros. La Biblia plasma en sus páginas las palabras de amor de Dios que nos abre su corazón y quiere dialogar con nosotros y participarnos su propia vida. La Biblia no solo es un libro del pasado o del recuerdo; es la palabra viva y actual que el Señor sigue comunicando a todos los hombres de todas las épocas. Por eso cuando la leemos, debemos captar su mensaje, oír su Voz, entender lo que el Señor nos está pidiendo de conversión o de cambio en nuestro modo de ser, de actuar y de vivir.
Para que se escribiera toda la Biblia pasaron muchos años y siglos. Fue un proceso muy largo: primero fue la revelación, es decir, aquello por lo cual Dios quiso mostrarse a los hombres: sus palabras y obras; después vino la transmisión oral de aquellas acciones y manifestaciones divinas; y en su momento oportuno, la puesta por escrito de todo aquello que hoy podemos leer en ella.
Es difícil precisar con exactitud la fecha en que fue escrito cada uno de los libros de la Biblia; esto se debe, por una parte, a la antigüedad de los mismos, y por otra, a que en la composición de cada uno de ellos intervinieron muchas veces tradiciones sueltas que poco a poco se unieron, o diversos autores o redactores en un mismo libro. Podemos señalar que el proceso de la composición desde las primeras tradiciones escritas hasta la redacción final de los libros bíblicos del Antiguo Testamento abarcó, quizá, del siglo X al I a.C. Los libros del Nuevo Testamento, en cambio, fueron compuestos entre el año 50 y el 125 d.C.
En cuanto al autor, Dios es el origen o causa de estos libros, pero no es su autor literario. Él se valió de algunas personas de la comunidad que, como verdaderos autores literarios, pusieron sus capacidades para la composición de los libros bíblicos. Estos hombres, son llamados hagiógrafos o escritores sagrados. Relativamente pocos libros llevan el nombre de quien los compuso. Muchos son anónimos, otros son seudónimos al emplear el nombre de un personaje o escritor importante, como se acostumbraba en aquella época. Lo importante es que todos los escritores, sepamos o no su nombre, escriben y transmiten la Palabra de Dios.
¡Animo, leamos la Biblia! ¡Atrevámonos a descubrir lo que Dios nos quiere decir hoy!











